18 de mayo: Slowdive en el CC Barranco, Lima, Perú

Hace un rato largo que el viernes terminó y yo debería estar a unos 32000 pies de altura rumbo a casa. En cambio, estoy atorado en un restaurante aún en el aeropuerto de Lima porque Eldorado está cerrado. La última vez que pasé por aquí era un mal momento, lleno de estrés y rabia, todo lo contrario a esta madrugada de paz y afán por volver a casa.

Tres días y medio atrás había aterrizado en este mismo lugar y había dado inicio a una mini aventura que incluía la migración más fácil que haya hecho en mi vida, mucho caminar, dos viajes pavorosos en autobús, dos museos increíbles, comida rica y hacer nuevos buenos amigos alrededor del amor por la música. Esa noche del jueves 18 de mayo había llegado un momento que ni siquiera dos meses atrás creía posible: estaba esperando para ver a Slowdive lo más cerca posible a mi casa.

Con el buen grupo de gente que tuve la fortuna de conocer antes del concierto logramos estar en primera fila, a la izquierda del escenario, justo frente a donde Christian Savill iba a instalarse. El guitarrista pasó frente a nosotros, recibió una camiseta de la selección peruana y regresó al camerino. Empezó una tanda de música, y a las 9:30 salió al escenario Resplandor.

Hacía mucho tiempo que quería ver a Resplandor en vivo. Los conocí cuando salió el Pleamar, un disco maravilloso. No fue una mala presentación (es imposible cuando las canciones son buenas) pero hizo falta la guitarra líder en vivo en vez de ser secuenciada y al bajo le faltó punch. No importó, sin embargo, porque lo importante aún estaba por venir. Luego de un ser corto la banda limeña abandonó el escenario y empezó la cuenta regresiva acompañada con grandes bandas: Jesus & Mary Chain, Spiritualized, Cocteau Twins, y muchos otros más hicieron más amena la hora de espera.

Entonces empezó a sonar Deep Blue Day de Brian Eno. Slowdive subió a escenario y la euforia se apoderó del público. A la derecha de la tarima (según lo veíamos nosotros) se ubicó Neil Halstead, junto a él Nick Chaplin, luego Rachel Goswell y a la izquierda del escenario Christian Savill, y en medio y detrás el gran Simon Scott. Eno dio paso al silencio y el silencio a unas maravillosas texturas que salían del teclado de Rachel. Entró la batería. Slomo, en una hermosa versión, más lenta que la de estudio. Todo esto estaba sucediendo y no lo podía creer. Neil empezó a cantar y más de uno soltó un grito de emoción. Luego entró la voz de Rachel y toda la magia fue completa. Sigo sin creérmela y al terminar la canción Christian Savill me pasó su botella de agua.

La banda prosiguió con una tanda de canciones del inicio de su carrera: Slowdive, una larguísima y genial Avalyn y una insuperable versión de Catch the Breeze en la cual maldigo estar tan lejos de mi esposa. Saltan unos años adelante y tocan Crazy For You, y la apoteosis empieza a formarse. No solo estoy viendo a Slowdive en vivo, además están tocando una canción del Pygmalion y esto era algo que parecía un imposible, entonces aprovecho un instante en el que Rachel y Christian miran en mi dirección y levanto la botella de agua con cara de “cheers!”, y ambos sonrien. Entre tanto, en las partes instrumentales de las canciones Rachel mira a personas del público, una a una, y sonríe. Cada sonrisa hace sentir que el espíritu colectivo se eleva. Neil, entre tanto, da a las canciones una pequeña aura de misterio que nos hace aferrarnos más y más a lo que pasa en escena.

Sigue Star Roving, recordándonos que el nuevo álbum es una joya que no tiene pierde y que encaja perfectamente en la discografía de la banda. En Souvlaki Space Station se me vuela la peluca hasta Chile y es un gran momento para reiterar que el trabajo de guitarras de Christian Savill es majestuoso y que tenía todo el sentido del mundo pararme frente a él para ver todo lo que hacía. Además la sección rítmica de Simon Scott y Nick Chaplin construye un piso sólido para que la música se vaya a donde quiera sin perderse. Héroes. Me quedo un rato observando qué hace cada uno de ellos y no ceso de maravillarme de lo compacta que es la banda.

No Longer Making Time, siguiente canción en el set, saca lágrimas a varios de nosotros, pero no tantas como nos sacarán las siguientes, un doble combo con Dagger en una versión preciosa y Alison, con la que toda la audiencia enloquece. La apoteosis es total, así que la banda suelta Sugar For The Pill para darnos un respiro de tranquilidad para luego retomar con fuerza con When The Sun Hits, donde más de uno pierde la voz, y luego una bárbara Golden Hair que vuelve a dejarme sin lo del bus. Una vez termina la parte vocal, Rachel baja del escenario y empieza un largo pasaje instrumental. Al terminar la banda se baja y los aplausos que suelta el público son ensordecedores (y eso que tengo tapones). Trece canciones y nos tienen en su poder.

La pausa dura poco y la banda sube de nuevo; primero tocan She Calls y cierran con broche de oro con 40 days. Más lágrimas corren. Vuelven a bajar y todo ha terminado. O eso creía yo. Las luces se encienden, la banda lanza picks y baquetas, los roadies reparten setlists al público. Nos alejamos de tarima y empezamos a rondar el lugar sabiendo que pronto saldrá la banda.

Al primero de ellos que veo es a Nick Chaplin. Le doy la mano, lo felicito y sigo. Luego me cruzo con Simon Scott, le digo que había sido increíble verlos y que no me lo esperaba. “Tampoco nosotros”, me responde. Le digo que su trabajo en Televise también es bárbaro y me choca la mano. Ayudo a mis nuevos amigos a tomarse fotos con la banda y camino al escenario. Allí está Rachel Goswell, rodeada de fans que le piden fotos y autógrafos. Cuando por fin puedo hablarle solo atino a agradecerle por lo mucho que su música significa para mí, y por la fuerza que me dio para llevar mi enfermedad. Me pongo emocional y ella me da un abrazo. Vuelvo a agradecerle por el concierto y me voy. Finalmente hablo con Christian Savill, le cuento que volé desde Bogotá solo para verlos y que había sido un concierto espectacular, y aprovecho para decirle que soy muy fan de su otra banda, Monster Movie. Me dice “¿En serio? Ya vengo”, sale al camerino y vuelve con un LP de Monster Movie que me regala. No logro ver a Neil Halstead.

Los de seguridad nos van sacando a regañadientes, la banda sigue saliendo a la par con los que quedamos en el sitio y se siguen tomando fotos con los fans, hasta que finalmente seguridad logra sacarnos a todos. Esperamos unos 40 minutos en la calle, sin poder creer aún lo que acabamos de ver, pensando si tal vez podamos verlos una última vez antes de irnos. No salen más, entonces vamos a comer y una corta caminata después estoy en el apartamento en el que me estoy quedando, con los oídos zumbando, muerto de sed pero con una sonrisa indeleble. Le escribo a mi esposa agradeciéndole y le envío fotos.

Caigo como roca a las 3 de la mañana. 24 horas después debería estar volando a casa, pero heme aquí, en este restaurante, con una botella de Inca Kola en la mano queriendo que pase la hora larga que falta para que volvamos a embarcar. Ha sido un viernes larguísimo, igual caminé mucho a pesar del cansancio y del guayabo de apoteosis para buscar un último regalo y llevarme más recuerdos de esta ciudad. Cuando finalmente embarcamos, la pareja que ocupaba los asientos junto al mío no sube, así que tengo todo el espacio para mi. Pongo el Souvlaki en mi iPod, me acomodo y una vez llegamos a diez mil pies me acuesto y duermo.

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Terceros Sonidos XIX: Sigur Rós – ( )

IMG_4934.JPGSigur Rós – ( ), 2002: Fat Cat Records/[PIAS]

Me parece relevante todo el arte del disco, la cubierta externa, el cuadernillo etéreo, el CD sutilmente decorado y el niño sonámbulo: no sé qué demonios tiene este álbum pero siempre deja esa misma sensación de estar caminando entre sueños (y entre pesadillas, en algunos momentos), de no saber exactamente si uno realmente acaba de oírlo o no.

Llegué a este álbum en 2005 gracias a unos amigos, y este año el álbum llegó a mí. Fue mi última compra en Other Music (texto en inglés), la mejor tienda de discos de este lado del Atlántico, antes de su cierre. Me parece curioso haber adquirido este disco antes de que “el sueño terminara”. Entre los recuerdos que (creo) tener de él está haberlo oído una noche en mi cama, a punto de quedar dormido, y haber recibido la descarga del séptimo corte y quedar pasmado y no poder dormir. Es una cosa increíble la forma en que transmite tan fuertemente tantos sentimientos… o exacerba los que uno tiene… o que hace descubrir lo que uno realmente está sintiendo… o reprimiendo a veces… y es capaz de llevar al llanto, a la taquicardia, ¡y ni siquiera tiene letras en un idioma real!

Sé que cada persona puede reaccionar de distintas maneras al disco aún si se está oyendo al mismo tiempo (aunque las reacciones más comunes están en los extremos “qué aburrido” y “eso suena como si estuvieran masacrando cisnes”). No me atrevo a decir que cambia la emotividad que uno le pone cada vez que lo escucha. Para mí, en este momento en el que lo oigo, es una catarata en la que estoy lavando el estrés que cargo – llevo 75% del disco y me siento mucho más ligero que al empezar a oírlo.

Una cosa hermosa de este álbum es su crudeza sonora. No suena lo-fi, suena… fuerte, descarnado, totalmente abierto, pero con esos toques de delicadeza que imprime el cuarteto de cuerdas Amiina y que contrasta con el feedback de guitarra tocada con arco. Hay una tensión constante, pero dinámica. No está uno esperando que se resuelvan cosas sino viendo cómo van pasando nota a nota, compás tras compás. Hasta los pocos silencios tienen sentido y ayudan a sentir que se está dentro de la música, como si fuera una obra de arquitectura, con volumen y forma además de textura y carga emocional y peso sonoro.

Una de las particularidades que encuentro aquí es que es muy, muy, muy difícil oír las canciones por separado. Me parece rarísimo que no toquen el álbum entero como parte del set (onda Pink Floyd con el Dark Side of The Moon); sin embargo, en las grabaciones en vivo de la banda, estas canciones sueltas igual funcionan, no pierden ni un ápice del poder que encierran. Prueba de ello es que alguna vez estaba trotando con el Inni en los audífonos y en el momento que sonó el octavo corte del álbum aceleré la marcha y de alguna manera logré mantener el ritmo durante toda la canción – 15 minutos corriendo más rápido sin sentirlo (hasta que terminó).

Terceros Sonidos X: Slowdive – Pygmalion

IMG_3540Slowdive – Pygmalion; Creation, 1995

Slowdive. Una de las joyas de la corona, una banda que conocí tarde pero a tiempo, una banda por la que prendo velas todos los días para poder ver en vivo ahora que se reunieron, una banda cuyos “proyectos hijo” (Mojave 3, Monster Movie y Televise) también me dejaron boquiabierto siendo tan distintos entre sí y tan distintos de la banda… Todo un conjunto que vale la pena explorar, y que surgió de tres hermosos discos.

Conocí a Slowdive en 2005 – 10 años después del lanzamiento de este álbum – con el Souvlaki, un disco absolutamente hermoso que merece una enciclopedia, unas semanas después de haber salido del hospital luego de mi primera cirugía. Durante todo el resto del proceso oncológico fui conociendo, poco a poco, el resto del trabajos de los de Reading. Mi primer contacto con este disco fue Cello, que fue lo único que conseguí en los imposibles P2P de la época, y luego Blue Skied An’ Clear, que del álbum es la que más se parece a canciones de los dos discos anteriores, y exagerando. Cuando por fin tuve acceso a todo el álbum fue… chocante. No porque no me gustara, sino porque venía acostumbrado a “Slowdive suena a melodías bonitas y muros de guitarra y más y más guitarra” y me estrellé de frente con este muro minimalista… y me encantó. Riffs cortos, letras más simples e indescifrables con mucho, mucho, MUCHO eco, guitarras acústicas, mucha repetición… es impresionante, a su manera particular.

He estado en ocasiones muy conectado con la forma dispersa y abierta del álbum. Lo oí mucho durante 2007, año en el que se formó mi anterior banda, Síndrome Estocolmo; para entonces lo que escribía musicalmente tenía muchas repeticiones (pero era muy, muy cargado en las secuencias que hacía) y solo un par de ideas alcanzaron a llegar a canciones completas, muy mutadas de la idea con las que las empecé (afortunadamente) y que no terminaron en el álbum que grabamos. Los últimos tres años lo he recuperado del olvido y algo ha marcado en las ideas más mínimas y abiertas que he tenido – de las que no hay registro sonoro tampoco. Hay cosas que debo corregir en mi aproximación a la música, aparentemente.

Duré varios años buscando la “sagrada trinidad” del Shoegaze (Loveless de MBV, Nowhere de Ride y Souvlaki de Slowdive), incluso llegué a tenerla varias veces en el carrito de Amazon para darme cuenta que no podía pagar a quien me prestara la tarjeta de crédito en ese momento. En uno de los viajes que hemos podido hacer con mi esposa fuimos a Other Music (tienda imperdible); decidí poner fin a las largas que le di a esa compra y encontré el Nowhere y el Loveless. Decidí no llevar el Loveless ese día porque tampoco había encontrado el Souvlaki… hasta que vi un pequeño set con los tres álbumes de Slowdive. No me importó nada más, incluso casi dejo el Nowhere para otra ocasión. Llegar a casa y poner los tres discos de corrido fue una bella experiencia y una gran forma de cerrar un viaje en el que habíamos visto a The National y habíamos estado a orillas del lago Superior esperando que el viento se detuviera para ver volar unos globos que nunca despegaron (y que no importó). Meses atrás la banda se había reunido y eso dio pie, junto a esta sencilla compra (parte de un gran viaje), a este deber de verlos en  vivo. Pronto.