Terceros Sonidos XIX: Sigur Rós – ( )

IMG_4934.JPGSigur Rós – ( ), 2002: Fat Cat Records/[PIAS]

Me parece relevante todo el arte del disco, la cubierta externa, el cuadernillo etéreo, el CD sutilmente decorado y el niño sonámbulo: no sé qué demonios tiene este álbum pero siempre deja esa misma sensación de estar caminando entre sueños (y entre pesadillas, en algunos momentos), de no saber exactamente si uno realmente acaba de oírlo o no.

Llegué a este álbum en 2005 gracias a unos amigos, y este año el álbum llegó a mí. Fue mi última compra en Other Music (texto en inglés), la mejor tienda de discos de este lado del Atlántico, antes de su cierre. Me parece curioso haber adquirido este disco antes de que “el sueño terminara”. Entre los recuerdos que (creo) tener de él está haberlo oído una noche en mi cama, a punto de quedar dormido, y haber recibido la descarga del séptimo corte y quedar pasmado y no poder dormir. Es una cosa increíble la forma en que transmite tan fuertemente tantos sentimientos… o exacerba los que uno tiene… o que hace descubrir lo que uno realmente está sintiendo… o reprimiendo a veces… y es capaz de llevar al llanto, a la taquicardia, ¡y ni siquiera tiene letras en un idioma real!

Sé que cada persona puede reaccionar de distintas maneras al disco aún si se está oyendo al mismo tiempo (aunque las reacciones más comunes están en los extremos “qué aburrido” y “eso suena como si estuvieran masacrando cisnes”). No me atrevo a decir que cambia la emotividad que uno le pone cada vez que lo escucha. Para mí, en este momento en el que lo oigo, es una catarata en la que estoy lavando el estrés que cargo – llevo 75% del disco y me siento mucho más ligero que al empezar a oírlo.

Una cosa hermosa de este álbum es su crudeza sonora. No suena lo-fi, suena… fuerte, descarnado, totalmente abierto, pero con esos toques de delicadeza que imprime el cuarteto de cuerdas Amiina y que contrasta con el feedback de guitarra tocada con arco. Hay una tensión constante, pero dinámica. No está uno esperando que se resuelvan cosas sino viendo cómo van pasando nota a nota, compás tras compás. Hasta los pocos silencios tienen sentido y ayudan a sentir que se está dentro de la música, como si fuera una obra de arquitectura, con volumen y forma además de textura y carga emocional y peso sonoro.

Una de las particularidades que encuentro aquí es que es muy, muy, muy difícil oír las canciones por separado. Me parece rarísimo que no toquen el álbum entero como parte del set (onda Pink Floyd con el Dark Side of The Moon); sin embargo, en las grabaciones en vivo de la banda, estas canciones sueltas igual funcionan, no pierden ni un ápice del poder que encierran. Prueba de ello es que alguna vez estaba trotando con el Inni en los audífonos y en el momento que sonó el octavo corte del álbum aceleré la marcha y de alguna manera logré mantener el ritmo durante toda la canción – 15 minutos corriendo más rápido sin sentirlo (hasta que terminó).

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